Cuando Internet crecía, sus usuarios privilegiados podían comunicarse entre ellos sin dificultad, sus máquinas podían contactar entre sí, tenían su propia dirección. Era una red en la que cada persona tenía su propia identidad y en la que ella podía aportar en las mismas condiciones que cualquier otro participante.
Entonces empezó a crecer y crecer, y cuando las cosas crecen empiezan a atraer a las alimañas financieras. Las direcciones empezaron a escasear, y los proveedores empezaron a destruir Internet, empezaron a cambiar la dirección a sus usuarios cada vez que éste se conectaba. De pronto, este mecanismo les da la escusa para cobrar a aquellos que quieran mantener una dirección fija. Si alguien quiere conectarse a un amigo ya no sabe con qué dirección conectar. Es como si te cambiaran el número de teléfono cada día y tuvieras que pagar para mantener un número fijo al que tus amigos te pudieran llamar. Se acababa con uno de los principios de la red.
Más tarde empezó a haber varios ordenadores en cada casa. Cada ordenador debiera haber tenido su propia dirección en Internet de forma que yo pudiera contactar con el ordenador de un amigo en vez de con el de su padre. Pues bien, de nuevo los operadores quebrantaron uno de los principios de Internet: la comunicación punto a punto. Los operadores introducen los "routers" con un mecanismo llamado NAT. De esta forma este router es el único dispositivo de la casa accesible desde Internet, el resto de ordenadores de la casa acceden a la red a través de él, utilizándolo como una especie de representante ante el resto de la red. Los usuarios ya no pueden comunicarse entre sí sin la intervención de terceros o sin utilizar mecanismos complicados que no son más que "apaños".