Al hacerse pública, Internet despegó como una red que permitía conectar cualquier equipo individual con otro en cualquier otra parte del mundo. El desarrollo de la red se hizo con parámetros técnicos en mente, para conseguir una red descentralizada resistente a fallos en zonas concretas de la misma.
En sus inicios se estableció la longitud de las direcciones que se asignaría a las máquinas conectadas a ella y como ha sucedido tantas veces, se quedaron cortos; igual que se quedaron cortos quienes decidieron el número de dígitos de las matrículas de los coches o quienes decidieron el número de dígitos de los números de teléfono. En esta escasez empezaron a surgir apaños: direcciones IP dinámicas, routers que utilizan NAT o direcciones IP compartidas en servidores. Estas soluciones se han ido orientando a los casos de uso típicos pero poco a poco han ido rompiendo el carácter original de la red. El navegante de páginas sigue navegando sin problemas por sus sitios preferidos, pero ya no es posible conectar dos ordenadores directamente para compartir ficheros o hablar con Voz IP o videoconferencia sin recurrir a trucos sucios como abrir puertos o reenviar el tráfico a través de terceros. Además, de la escasez los operadores hacen negocio cobrando por conceder al cliente una dirección IP fija y se dificulta la colaboración individual en favor del consumo centralizado de contenidos.








